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Los cambios en las concepciones sobre el Desarrollo vienen generando diferentes discusiones sobre cómo reubicar la educación y su papel en el progreso de las sociedades. La superación de una visión economicista del desarrollo ha llevado a no justificar únicamente el papel de la educación como un proceso de formación para satisfacer las demandas de la economía. También la educación se justifica en torno a las demandas de otros campos de la sociedad como el campo de la salud, el medio ambiente, la política, la familia, etc. Así mismo se justifica desde las diferentes dimensiones e intereses de las personas por aprender. Desde una visión más amplia del desarrollo, la educación contribuye a la formación del productor-consumidor, del ciudadano/a y la persona para su desempeño positivo en diversos campos de la sociedad y etapas de su vida.
Desde un enfoque del desarrollo basado en la expansión de capacidades, se trata de potenciar la educación como el espacio crucial para esa eclosión de habilidades, conocimientos y actitudes que hay detrás de las capacidades y que permitan no solo la empleabilidad del sujeto sino también su emprendedorismo para que él pueda ser también un sujeto generador de empleo cada vez más digno y productivo. Para lo cual se necesita de un Estado y Sociedad promotora y no obstaculizadora del emprendedorismo económico, -esas iniciativas por hacer que funcione la economía capitalizando los talentos personales- ofreciendo además de políticas crediticias, tributarias y administrativas, políticas de capacitación permanente y descentralizadas que garanticen igualdad de oportunidades en la formación continua de la población económicamente activa.
Los cambios en los paradigmas del desarrollo sobre todo desde los aportes de la sustentabilidad también han permitido valorar y potenciar más algunas corrientes transversales en la educación tanto a nivel escolar como más allá de ella. Así, la relevancia que viene cobrando la dimensión medio ambiental del desarrollo, más aún en tiempos de aguda crisis climática, lleva a reconocer el enorme potencial de corrientes como la educación ambiental, educación del consumidor y educación para la salud. Difícilmente se va a poder afrontar la complejidad de los fenómenos que acarrea el calentamiento global sin la apuesta por otro tipo de ciudadano, cuya formación deberá estar impregnada por los aportes de dichas corrientes educativas, entre otras.
La visión lineal y excesivamente occidentalista del desarrollo requiere ser replanteada por una visión intercultural del desarrollo, que ayude al enriquecimiento mutuo entre culturas y a la generación de nuevas síntesis culturales aprovechando lo mejor de la globalización para acercar pueblos, Estados, instituciones y personas. Ello amerita un trabajo pedagógico desde la educación intercultural, entendida tanto hacia adentro de cada sociedad como hacia afuera de ella, buscando así superar las discriminaciones y prejuicios, así como aprovechando educativamente los aportes de las migraciones pasadas y actuales, que son sin duda un factor poderoso de dinamizaciones culturales.
El avance hacia una concepción democrática y pacífica del desarrollo, lleva a una preocupación por los problemas del déficit de participación ciudadana y de violencia en las sociedades. Desde de esta problemática, se exigen formas más creativas de democracia para canalizar la voluntad popular y neutralizar las tendencias autoritarias cuya posibilidades de crecimiento están relacionadas con la propia debilidad de la democracia como régimen de representación eficaz y de pluralidad participativa. Así mismo, las tendencias de violencia, provenientes tanto desde el delito como desde los conflictos interpersonales y sociales, pone en cuestión misma el Estado de Derecho como pilar de una sociedad democrática. Estas tendencias de autoritarismo y de violencia, necesitan ser enfrentadas desde diversos planos, y especialmente desde el ámbito educativo, a través de una presencia permanente de diversas corrientes educativas muy interrelacionadas: la educación ciudadana, la educación en derechos humanos y paz, la educación para la resolución de conflictos, así como de la más recientemente denominada “educación para la convivencia”.
Igualmente importante en los acentos que hoy queremos ponerle al desarrollo, está su dimensión ética. La nefasta presencia de la corrupción en los gobiernos e instituciones públicas con la consiguiente impunidad, son los factores más desalentadores para una cultura del desarrollo y la formación del capital social cuya base está en la confianza. Además de tener un efecto desmoralizador, genera un efecto anómico que hace vulnerable los códigos de valores básicos en las relaciones con el Estado. Este pierde su imagen como referente de autoridad neutral para ser visto como un espacio para la viveza, el oportunismo y la arbitrariedad. Indudablemente, la corrupción, al desviar fondos públicos hacia intereses privados, priva a la sociedad de beneficios que pudieron ayudarle a mejorar sus condiciones de vida. Es por ello, que la formación moral es sustancial en la educación para el desarrollo.
Hoy día el conocimiento juega un rol sustancial en el desarrollo, de allí que su producción, conservación, circulación e innovación son capitales en una forma de entender el desarrollo como un proceso extraordinario de gestión del conocimiento para diferentes escalas y ámbitos. Especialmente el conocimiento tecnológico y científico se ha convertido en un poder que hace la diferencia entre instituciones y países. La persistente primarización de la economía en sociedades del tercer mundo centrada en procesos extractivos con poca agregación de valor constituye uno de los problemas que las lleva a postergar su inversión en ciencia y tecnología o hacerla de forma reducida; y por ende, al descuido en la formación científica y tecnológica desde las escuelas e instituciones de la educación superior. De allí que uno de los desafíos para la dialéctica entre la educación y desarrollo pasa por las políticas de formación en ciencia y tecnología a largo plazo.
Por último, la concreción de una concepción del desarrollo más sinérgica viene demandando una mayor intersectorialidad entre el sector educación y otros sectores de las políticas públicas de los Estados que en alianzas con sectores no públicos permiten construir una sociedad educadora. El desarrollo no solo demanda de más y mejor educación sino de un servicio educativo eficientemente vinculado con los otros servicios públicos.
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