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Desarrollo profesional
docente en las actuales políticas educativas
en Chile.
Existe un amplio consenso al destacar el protagonismo
de los docentes y sus prácticas en las aulas
como uno de los principales ejes en los cuales se
sostienen los procesos de aprendizaje en niños
y jóvenes. Diversos actores educativos señalan
la importancia de contar con docentes preparados para
afrontar los cambios y las transformaciones que han
sufrido sus contextos de trabajo en los últimos
años, exigiendo el desarrollo de “nuevas
capacidades profesionales” y el impulso de una
política de formación y desarrollo que
abarque las diversas etapas de la vida laboral de
los pedagogos.
Frente a esto, el diagnóstico elaborado por
el gobierno es claro y preocupante: “estamos
frente a un cuerpo de profesores con carencias y debilidades
propias de una etapa de transición, que ha
asimilado los cambios a nivel discursivo, pero que
no siempre posee las competencias para trasladarlos
a la práctica del aula” (MINEDUC, 2006:
15). Desde ámbitos académicos suele
señalarse incluso, que los docentes más
bien constituyen el “talón de Aquiles”
(Bellei, 2001) o las “piedras de tope”
para la instalación de los procesos de reforma
iniciados en la década pasada.
Extremando el argumento Cristian Cox (en Sotomayor
y Walker, 2009), luego de señalar a las políticas
de formación de profesores cómo la hermana
pobre de las políticas educacionales, propone
la existencia de una “frontera nacional”
en la formación de éstos y que las instituciones
son incapaces de atravesar. La consecuencia de lo
anterior recae en la existencia de un gran número
de pedagogos insuficientemente preparados para enfrentar
los desafíos cotidianos de su práctica.
La presencia de esta “frontera”, según
el autor, sería responsabilidad de las Universidades
y el Ministerio de Educación, en la medida
en que concentrarse en lógicas de formación
centralistas sin conexión con las necesidades
locales y los problemas concretos de la práctica
o con una cobertura que hace imposible su incidencia
a gran escala. El impacto de estos enfoques académicos
y políticos ha llevado a volcar el ámbito
de la formación hacia el mundo privado considerándose
como un espacio privilegiado para abordar los procesos
de desarrollo profesional y formación continua
de docentes. La razón sería que poseen
una mayor flexibilidad y adaptabilidad a las condiciones
locales y han desarrollado “exitosamente”
iniciativas conectadas con los problemas cotidianos
y las necesidades de los docentes. Leyes como la Subvención
Escolar Preferencial (SEP) apuntan en esta dirección,
donde el peso de la Formación continúa
se traspasa a instituciones del mundo privado, o personas
jurídicas o naturales, bajo el nombre de asistencia
técnica.
La “revolución pingüina”
del año 2006 provocó dar un giro en
las agendas de participación de los diferentes
actores educativos confluyendo en una decisiva crítica
al modelo establecido desde la instauración
de la Dictadura Militar y proseguido por los gobiernos
de la transición democrática (P. Aylwin,
E. Frei, R. Lagos y M. Bachelet). Hasta ese momento,
las demandas se habían concentrado en reivindicaciones
económicas y salariales frente al poder estatal.
El giro implicó abrir un amplio debate centrado
en la función de la educación pública,
abriendo un territorio de convivencia fuera de los
propuestos por el establishment educativo, consignando
un amplio apoyo desde la opinión pública,
y haciendo reaccionar al Ejecutivo a través
de la creación de un Consejo Asesor de la Calidad
de la Educación, constituido por 81 miembros
integrantes de diferentes grupos sociales y políticos.
El colorario de esta “revolución”
se selló, a espaldas del movimiento estudiantil
y gremial, con un pacto al interior de una comisión
política-técnica conformada por integrantes
de la coalición gobernante y de la oposición
de derecha y la creación de la Ley General
de Educación (LEGE)
Solamente dos artículos de esta ley se consagran
al desarrollo profesional de los docentes. En ellos
se establecen los “derechos” y “deberes”
del docente (artículo 10, letra c y d) y la
definición de “idoneidad” (artículo
46 letra g) . Especialmente polémico ha resultado
este último en tanto permitiría el ejercicio
de la enseñanza a profesionales no docentes.
La pregunta que se abre pasa por lo que distingue
al conocimiento del docente del de los otros profesionales,
o como lo precisa Juan Eduardo García-Huidobro
“lo que se decreta con esta legislación
es que el saber pedagógico no existe”
.
Los que se levantaron en 2006, lamentablemente hoy
día no han logrado “remontar el timón
que navegaba rumbo a una educación pública
de calidad y al fortalecimiento de la profesión
docente”. Ni las diferentes instancias creadas
por el gobierno para el fortalecimiento de la profesión
docente (FID, MECESUP, INICIA, etc.), ni los distintos
programas de las Universidades involucradas en proyectos
vinculados a la formación inicial y continua,
ni el gremio docente representado por el Colegio de
Profesores levantaron su voz a tiempo frente a una
Ley que atenta contra la profesión. Apenas
tuvieron una respuesta cuando ya era demasiado tarde.
Nos encontramos así frente a una situación
incierta. La cámara ya ha dado el pase a la
Ley, quedando pendiente su trámite por la cámara
del Senado. El dilema que se presenta para los actores
educativos es, o bien continuar con la política
del silenciamiento limitándose a reaccionar
ante la evidencia mediática, y dejando otra
vez la resolución en las exclusivas manos de
los decisores de las camarillas políticas,
o bien, re articulándose
en función de la convergencia de todos los
organismos sindicales, gremiales, sociales, personalidades,
partidos políticos extra parlamentarios y realizar
distintos tipos de actividades comunales, provinciales,
regionales y nacionales: cabildos, culturales, asambleas
concentrándose en la discusión en torno
al fortalecimiento de la educación pública
y de la profesión docente.
La primera opción continuará salvándola
como si fuera un problema puramente técnico,
regulando y estandarizándola a través
de la carrera docente, liberalizando su gestión,
subsumiéndola al logro de resultados y a la
acreditación de las competencias en la práctica,
abriendo un nuevo mercado de capacidades y poniendo
a los docentes a competir con otros profesionales,
mientras que la segunda abre la posibilidad de la
formación de un debate más amplio en
el marco de la construcción de un proyecto
o “misión generacional” de la educación
y los docentes fundada en el sentido profundo de su
práctica que articule las carreras, historias
e identidades profesionales, otorgando una dirección
al desarrollo profesional y cruzando así la
frontera que el modelo socio-económico dominante
impone.
Esperamos fervientemente que el Congreso de Educación
posibilite nuevamente la apertura de un espacio social
y cultural convergente, algo urgente en una coyuntura
especialmente adversa para la profesión docente.
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